RESUMEN La Rama Seca
NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A
RESUMEN
LA RAMA SECA
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban
al campo. Era por el tiempo de la siega,
con un calor grande, abrasador, sobre los
senderos. La dejaban en casa, encerrada
con llave, y le decían:
Que seas buena, que no alborotes:
y si algo te pasara, asómate a la ventana y a
llama a doña Clementina. Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el
día sentada al borde de la ventana, jugando con «Pipa».
Doña Clementina la veía desde el huertecito. Sus casas estaban pegadas la
una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía,
además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría
la ventanuca tras la cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina
levantaba los ojos de su costura y la miraba.
—¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro
mate.
—Juego con «Pipa» —decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego,
poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a
través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se
pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
—¿Con quién hablas, tú?
—Con «Pipa».
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por
la niña y por «Pipa». Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el
médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba
el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña
Clementina estaba hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en
aquella criaturita, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana.
Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo
le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
—Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá
echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la
niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los campos...
—Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado...
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible,
allá arriba, fueron metiéndosela pecho adentro.
—Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la
calle, le echaré a faltar —se decía.
Un día, por fin, se enteró de quién era «Pipa».
—La muñeca —explicó la niña.
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—Enséñamela...
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no
podía ver claramente.
—No la veo, hija. Échamela...
La niña vaciló.
—Pero luego, ¿me la devolverá?
—Claro está...
La niña le echó a «Pipa» y doña Clementina cuando la tuvo en sus
manos, se quedó pensativa. «Pipa» era simplemente una ramita seca envuelta
en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos
y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos
impacientes y extendía las dos manos.
—¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a «Pipa» hacia
la ventana. «Pipa» pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad
de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de
nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba
infatigablemente con «Pipa».
—«Pipa», no tengas miedo, estáte quieta ¡Ay, «Pipa», cómo me miras!
Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo,
«Pipa»... Siéntate, estate quietecita, te voy a contar: el lobo está ahora
escondido en la montaña...
La niña hablaba con «Pipa» del lobo, del hombre mendigo con su saco
lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la
hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo
de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de
hueso. Tenía a «Pipa» en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
—Abre la boca, «Pipa», que pareces tonta...
Doña Clementina la oía en silencio: la escuchaba, bebía cada una de sus
palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la
algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le
preguntó a la mujer Mediavilla:
—¿Y la pequeña?
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—Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres
de Malta.
—No sabía nada...
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos
de la aldea.
—Sí —continuó explicando la Mediavilla—. Se conoce que algún día
debí dejarme la leche sin hervir... ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer!
Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de
Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña.
En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino,
al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña
que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una
escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado
los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír,
porque gritó:
—¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, adonde la claridad llegaba apenas
por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de
algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como
un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera
de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados
entornados.
—Hola, pequeña —dijo doña Clementina—. ¿Cómo estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña
Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas
negras.
—Sabe usted —dijo la niña—, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale
usted que me devuelva a «Pipa», que me aburro sin «Pipa»...
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar con
los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle,
con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas
morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
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—Pascualín —dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas
grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por
encima de las orejas.
—Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
—¡Anda! ¡La muñeca, dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio,
como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de «Pipa»:
—Que me traiga a «Pipa», dígaselo usted, que la traiga...
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que
caían despacio hasta la manta.
—Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
—Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
—Baja —respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once
bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar
llamado «El Ideal». Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en
un pañuelo de seda. En «El Ideal» compró una muñeca de cabello crespo y ojos
redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. «La pequeña va a alegrarse de
veras», pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada
de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en
casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
—¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulara en qué trazas la
recibo! ¡Quién iba a pensar...!
Cortó sus exclamaciones.
—Venía a ver a la pequeña: le traigo un juguete...
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
—Ay, cuitada, y mira quién viene a verte...
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite,
clavado en la pared, temblaba, amarilla.
—Mira lo que te traigo: te traigo otra «Pipa», mucho más bonita.
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Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña. Los ojos negros de
la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi siempre embellecía su
carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió enseguida a la vista de
la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar
despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
—No es «Pipa» —dijo—. No es «Pipa».
La madre empezó a chillar:
—¡Habráse visto la tonta! ¡Habráse visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios,
doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta que esta moza nos ha salido
retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer
tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
—No importa, mujer —dijo, con una pálida sonrisa—. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como
si se tratara de una flor.
—¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habráse visto la tonta ésta...!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la
envolvió en un retazo de percal. Subió a ver a la niña:
—Te traigo a tu «Pipa».
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la
tristeza subió a sus ojos oscuros.
Día a día, doña Clementina confeccionó «Pipa» tras «Pipa», sin ningún
resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
—Oye, mujer, que no sepa yo de majaderías de ésas... ¡Ya no estamos,
a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a
ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos...
—¿Se va a morir?
—Pues claro, ¡qué remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para
pensar en otra cosa... ¡Va a ser mejor para todos!
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina
sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna
curiosidad por «Pipa» y su pequeña madre.
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana,
rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en
su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebrada, y el color rojo de
la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a «Pipa»
entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
—Verdaderamente —se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara
tan hermosa y triste tiene esta muñeca!
MENSAJE
Se Muestra la falta de entendimiento/comprensión que le falta doña clementina con la niña y la separación del mundo que experimenta ella y que no entiende clementina y en eso se basa la lectura de, querer tener entendimiento de la una sobre la otra.

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