RESUMEN La Tigresa

 NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A

RESUMEN
LA TIGRESA

Era un ser afortunado pues además poseía una cuantiosa herencia heredada de su padre. El problema era que Luisa no sólo poseía todos los defectos inherentes a las mujeres, sino que acumulaba algunos más. Pero ninguno, no importa qué tan necesitado se encontrara de dinero, o qué tan ansioso estuviera de compartir su cama con ella, se arriesgaba a proponerle un compromiso formal antes de pensarlo detenidamente. Sucedió que en ese mismo estado de Michoacán vivía un hombre que hacía honor al nombre de Juvencio Cosío.

Tenía un buen rancho no muy lejos de la ciudad donde vivía Luisa. Él no era precisamente rico, pero sí bastante acomodado, pues sabía explotar provechosamente su rancho y sacarle pingües utilidades. Así fue como llegó a la talabartería de Luisa, donde vio las sillas mejor hechas y más bonitas de la región. Ella manejaba personalmente la talabartería que heredara, primero, porque había sido el deseo de su padre el que el negocio continuara funcionando, y segundo, porque le gustaba mucho todo lo concerniente a los caballos.
Luisa se encontraba en la tienda cuando Juvencio llegó y se detuvo a ver las sillas que estaban en exhibición a la entrada, en los aparadores y colgadas en las paredes por fuera de la casa. Ella, desde la puerta, lo observó por un rato. De improvisto Juvencio desvió la vista y se encontró con la de Luisa. Deseo comprar una silla de montar.
Juvencio revisó todas las sillas detalladamente pero, cosa rara, parecía haber perdido la facultad de poder examinarlas cabalmente. Cuando repentinamente volteó otra vez a preguntar algo a Luisa, comprendió que ésta lo examinaba tan cuidadosamente como él lo hacía con las sillas. Mientras cabalgaba de regreso, Juvencio llevaba dibujaba en su mente la encantadora sonrisa de Luisa, y cuando por fin llegó a su casa, se sintió irremediablemente enamorado. Al siguiente día otra vez empezaron por ver sillas y arreos, pero tal y como el día anterior, la conversación pronto se desvió y platicaron largamente sobre distintos temas hasta que él se dio cuenta con pena que las horas habían volado y que no había más remedio que comprar la silla, despedirse e irse.
Creo que tendré que regresar dentro de unos días a verla. En la mañana del tercer día, Juvencio regresó. Y ya era regla establecida el que siempre se quedara después a almorzar en casa de Luisa.

Tras estas visitas, Juvencio se presentó una tarde muy formalmente a pedir la mano de

Luisa a la abuela y a la tía con las que vivía la joven. Al salir Juvencio, ella aventó violentamente la puerta tras él. Juvencio no se retiró como habían hecho todos los anteriores pretendientes después de un encuentro de éstos. No, a los cuatro días reapareció por la tienda, y Luisa se sorprendió al verlo cara a cara en el mostrador.
Luisa no estuvo muy amigable. Por unos cuantos días, todo marchó bien. Y hay mulas que pueden parir y también es cierto que hay muchos niños que nacen sin tener padre. En oyendo esto, Luisa montó en cólera.
Se acercó a la mesa sobre la cual había un grueso jarro de barro. Lo tomó en sus manos y lo lanzó a la cabeza de su antagonista. La piel se le abrió y la sangre empezó a correr por la cara de Juvencio en gruesos hilos. Cuando se vio por el pueblo a Juvencio con la cabeza vendada, todos adivinaron que él y Luisa habían estado muy cerca del matrimonio y que la herida que mostraba era el epílogo natural e inevitable en tratándose de Luisa.
Pero a pesar de todas las conjeturas y murmuraciones, dos meses después Luisa y Juvencio se casaban. Cuando al fin se fueron los últimos invitados, la novia se retiró a su recámara, mientras que el novio fue al cuarto que ocupara algunas veces antes de casarse, cuando por algún motivo permanecía en el pueblo. A la mañana siguiente la pareja se trasladó al rancho de Juvencio y Luisa procedió a arreglar las habitaciones de su nueva casa. Llegada la noche, Luisa se acostó en la nueva, blanca y ancha cama matrimonial.
Nadie sabe lo que Luisa pensó esa noche. Pero no tuvo oportunidad de investigar personalmente esta diferencia, porque también la siguiente noche permaneció sola. Sucedió tres días después. Aunque el corredor tenía un amplio techo salido que lo colocaba por todos lados bajo sombra, estaba saturado, como todo el ambiente de un bochorno pesado y sofocante.
En el inmenso patio no parecía moverse ni la más insignificante hierba. No muy lejos, en el mismo corredor, en un aro colgado de una de las vigas del techo, descansaba un loro perezoso. Sobre el peldaño más alto de la obra de la corta escalera del patio al corredor, un gato dormía profundamente.

Bajo la sombra de un frondoso árbol en el patio, podía verse amarrado a

Prieto, el caballo favorito de Juvencio, y a unos cuantos pasos, sobre un banco viejo de madera, la silla de montar. Juvencio, pensativo, pues hasta un mediano observador podía notar que un grave problema lo perturbaba, recorrió con la mirada el cuarto que parecía ante sus ojos. Observó primero al loro, después al gato, y por último al caballo. «Cambió su silla mecedora de posición y, la colocó de tal modo que podía dominar con la vista todo el patio.
Diciendo esto desenfundó su pistola, que acostumbraba traer al cinturón. Apuntó el perico y disparó. Juvencio colocó la pistola sobre la mesa después de hacerla girar un rato en un dedo mientras reflexionaba. Acto seguido miró al gato, que estaba tan profundamente dormido que ni siquiera se le oía ronronear.
Desde que su marido se había dirigido al perico pidiéndole café, Luisa había volteado a verlo, pero había interpretado la cosa como una broma y no había puesto mayor atención al asunto. Pero al oír el disparo, alarmada, se había dado media vuelta en la hamaca y levantado la cabeza. Después había visto caer al perico y se dio cuenta de que Juvencio lo había matado. Luisa, extrañada, se acomodó de nuevo en su hamaca.
El animal continuó durmiendo con absoluta confianza. Cuando ni siquiera se movió para obedecer su orden, cogió la pistola, apuntó y disparó. El gato trató de brincar, pero, imposibilitado por el balazo, dio una vuelta y quedó inmóvil. El mozo trajo el caballo y se retiró enseguida.
La bestia permaneció quieta frente al corredor. Juvencio observó al animal un buen rato, mirándolo como lo hace un hombre que tiene que depender de este noble compañero para su trabajo y diversión, y a quien se siente tan ligado como a un íntimo y querido amigo. El caballo talló el suelo con su pezuña varias veces, esperó un rato serenamente y percibiendo que sus servicios no eran solicitados en ese momento, intentó regresar en busca de sombra bajo el árbol acostumbrado. Al oír su nombre, el animal se detuvo alerta frente a su amo, y se quedó allí sosegadamente.
¿Por qué he de estarlo? Éste es mi rancho y éste es mi caballo. Yo ordeno en mi rancho lo que se me antoje igual como tú lo haces con los criados.
Tomó nuevamente el arma en su mano, colocó el codo sobre la mesa y apuntó directamente a la cabeza del animal. En el preciso instante en que un fuerte golpe sobre la misma mesa en que se apoyaba le hizo desviar su puntería. Juvencio, con un aire de satisfacción en su cara, guardó la pistola en su funda y comenzó a tomar su café. Al aparecer Belario jalando el caballo ya ensillado, Juvencio, antes de montarlo, lo acarició afectuosamente, dándole unas palmaditas en el cuello.
Luisa no tuvo tiempo de contestar. Apretó los labios y tras un rato, confusa, se sentó en la silla que había ocupado antes Juvencio. Cuando esa noche Juvencio hubo terminado su café y su ron, dobló la servilleta lenta y meticulosamente. Juvencio entró.
Por eso te llevé el café.
MENSAJE
El mensaje que nos da esta lectura es que no debemos ser tan cerrados de mente o tener una gran terquedad a la hora de aceptar las cosas, lo cual puede llegar a ser  perjudicial


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