NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A RESUMEN LA TIGRESA Era un ser afortunado pues además poseía una cuantiosa herencia heredada de su padre . El problema era que Luisa no sólo poseía todos los defectos inherentes a las mujeres , sino que acumulaba algunos más . Pero ninguno , no importa qué tan necesitado se encontrara de dinero , o qué tan ansioso estuviera de compartir su cama con ella , se arriesgaba a proponerle un compromiso formal antes de pensarlo detenidamente . Sucedió que en ese mismo estado de Michoacán vivía un hombre que hacía honor al nombre de Juvencio Cosío . Tenía un buen rancho no muy lejos de la ciudad donde vivía Luisa . Él no era precisamente rico , pero sí bastante acomodado , pues sabía explotar provechosamente su rancho y sacarle pingües utilidades . Así fue como llegó a la talabartería de Luisa , donde vio las sillas mejor hechas y má...
NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALDA CURSO 8VO A FECHA 15/2/21 Lectura Nº 1 Del asno de tres patas se dice que vive en mitad del mar y que tres es el número de sus patas y seis el de sus ojos y nueve el de sus bocas y dos de sus orejas y uno, su cuerno. El pelo es blanco. Dos de sus seis ojos están en el lugar en donde suelen estar los ojos, otros dos en la punta de la cabeza y otros dos en el cuello. Cuando mira algo con sus seis ojos, lo rinde y lo destruye. De sus nueve bocas, tres están en la cabeza, tres en el cuello y tres en el lomo. En el casco de cada pata, puesto en el suelo, se pueden meter más de mil ovejas. En cuanto a las orejas, son más grandes que toda una provincia. El cuerno es de oro y hueco y le han crecido ramificaciones. Co...
NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A RESUMEN LA RAMA SECA Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, encerrada con llave, y le decían: Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y a llama a doña Clementina. Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con «Pipa». Doña Clementina la veía desde el huertecito. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría la ventanuca tras la cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba. —¿Qué haces, niña? La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mat...
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