EL CIRCULO LENGUA Y LITERATURA
NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A
RESUMEN
EL CIRCULO
la calle estaba oscura y fría. Un aire viejo, difícil de respirar
y como endurecido en su quietud, lo golpeó en la cara. Sus
pasos resonaron en la noche estancada del pasaje. Vicente se levantó
el cuello del abrigo, tiritó involuntariamente. Parecía que todo el
frío de la ciudad se hubiese concentrado en esa cortada angosta, de piso
desigual, un frío de tumba, compacto. “Claro se dijo y sus dientes
castañeteaban, vengo de otros climas. Esto ya no es para mí.” Se detuvo ante una puerta. Sí, ésa era la casa. Miró la ventana, antes de
llamar, la única ventana por la que se filtraban débiles hilos de luz. En el pequeño
espacio de tiempo que medió entre el ademán de alzar la mano y tocar la puerta,
cruzó por su cerebro el recuerdo entero de la mujer a quien venía a buscar, su
vida con ella, su felicidad, truncada brutalmente por la partida sin anuncio. Se
había conducido como un miserable, lo reconocía. Su partida fue casi una fuga.
¿Pero pudo proceder de otro modo? Un huésped desconocido batía ya entonces
entre los dos su ala sombría, y ese huésped era la demencia amorosa. Hincada la
garra en la entraña de Elvira, torturábala con desvaríos de sangre. Muchas veces
él vio brillar determinaciones terribles en sus ojos, y los labios, dulces para el
beso, despedían llamas y pronunciaban palabras de muerte, detrás de las cuales
percibíase la resolución que no engaña. Cualquier demora suya, cualquier breve
ausencia sin aviso, obligado por sus deberes, por el reclamo inexcusable de sus
amigos, provocaba explosiones de celos. La encontraba desgarrada, temblando en
su nerviosidad, pálida. Ni sus preguntas obtenían respuesta ni sus explicaciones
lograban romper el mutismo duro, impregnado de rencor, en que Elvira mordía
su violencia. Y de pronto estallaba en injurias y gritos, la cabellera al aire, loca de
cólera y amargos resentimientos.
Llegó a pesarle ese amor como una esclavitud. Pero eran cadenas que su
voluntad no iba a romper. La turbulencia es un opio, a veces, que paraliza el ánimo
y lo encoge. Y la amaba, además. ¿Cómo soportar, si no como una enfermedad del
ser querido, ese flagelo que corroía su dicha, ese concubinato con la desventura? La
vida se encargaría de curarla, el tiempo, que trae todas las soluciones.
Fue la vida la que cortó de un tajo imprevisto los lazos aflictivos. Un día
recibió orden de partir. Pensó en la explicación y la despedida, y su valor flaqueó.
Engañándose a sí mismo, se prometió un retorno próximo, se prometió escribirle.
Y habían transcurrido dos años. Casi consiguió olvidarla, ¿pero la había olvidado?
Regresó a la ciudad con el espíritu ligero, conoció otras mujeres en su ausencia, se
creía liberado. Y, apenas había dejado su valija, estaba aquí, llamando a la puerta de
Elvira, como antes.
La puerta se abrió sin ruido, empujada por una mano cautelosa, y una voz la
voz de Elvirapreguntó: ¿Eres tú, Vicente? ¡Elvira! susurró él, apenas, ahogada el habla por la emoción y la sorpresa. ¿Cómo sabías que era yo? ¿Pudiste verme, acaso en la oscuridad, a través de las
cortinas?
—Te esperaba.
Lo atrajo hacia adentro y cerró. ¡Es que no puede ser. Tuve el tiempo escaso para dejar mi equipaje y venir
volando hasta acá! ¿Cómo podías saberlo? No lo sabía nadie.
Ella callaba, grave, parsimoniosa. Estaba pálida, más pálida que nunca, pensó
Vicente. Lumbres de fiebre encendían sus ojos arrasados por el desconsuelo. Como él
había imaginado, con lacerante lástima, cada vez que pensaba en ella. La soledad enseña tantas cosas dijo. Siéntate.
Él ya se había sentado, con el abrigo puesto.
Comenzó a removerse, inquieto, y de pronto se encontró haciendo lo que menos
había querido, lo que se había prometido no hacer: ensarzado en una explicación
minuciosa de su conducta, de las razones de su marcha subrepticia, disculpándose
como un niño. A medida que hablaba, comprendía la inutilidad de ese mea culpa
y el humillante renuncio. Mas no interrumpía su discurso, y sólo cuando advirtió que
sus palabras sonaban a hueco, calló en medio de una frase, y su voz se ahogó en un
tartamudeo.
Con la cabeza baja, sentía pasar el tiempo como una agua turbia. De modo dijo ella, al cabo que estuviste de viaje.
La miró Vicente, absorto, no sabiendo si se burlaba de él. ¡Cómo! ¿Iba a decirle
ahora que lo ignoraba; que en dos años no se había enterado siquiera del curso de su
existencia? ¿Qué juego era ése? Sí, estuve ausente algún tiempo.
Sólo después de una pausa Elvira comentó enigmática: Qué importa. Para mí ya no existe el tiempo. Precisamente dijo él extrayendo de su bolsillo un menudo reloj con
incrustaciones de brillantes te he traído esto. Nos recuerda que el tiempo es una
realidad.
Consideró Elvira la joya unos instantes. Sin ajustar el broche, puso el reloj en su
muñeca. Muy bonito elogió. No sé si podré usarlo. ¿Por qué no? Déjalo ahí, en la mesita.
Estalló un trueno, lejos, en las profundidades de la noche. La lluvia gemía en los
vidrios de la ventana. Un viento desasosegado arrastraba su caudal de rencor por las
calles, sobre los techos. Bésame le pidió ella.
La besó largamente, estrechándola en sus brazos. El viejo amor renacía en un
nuevo imperio, y era como tocar la raíz del recuerdo, como recuperar el racimo de
días ya caídos. Refugiada en su abrazo, parecía la hija del metálico invierno, un trozo
desprendido de la noche. Tienes que irte, Vicente.Se puso de pie. Volveré mañana. Sí.Vendré temprano. No nos separaremos más. Te prometo... No prometas nada. Estoy segura. El pacto está sellado, vete.
* * *
Vicente atraviesa calles y plazas. Hay un ser que se desplaza de él y lo
aventaja, apresurado, con largas zancadas varoniles, ganoso del encuentro.
Mientras otro, en él, se resiste, retardando su marcha, moroso y renuente. Él
mismo va siguiendo al primero, contra su voluntad. ¿Pero sabe siquiera cuál es su
voluntad? ¿Lo supo nunca? Creyó, un momento, que era el saberse libre. Ya libre,
su libertad le pesaba como un inútil fardo. ¿Qué había logrado, si su pensamiento
era Elvira, si su reiteración, sus vigilias se llamaban Elvira?
La secreta corriente lo lleva por ese trayecto tantas veces recorrido. Vicente se
deja llevar. Discurre los antiguos lugares, los saluda, ahora, a la luz del sol; entra
en la calleja familiar, luego de haber dejado atrás, a medio cumplir, sus afanes.
Vuelve a llamar y espera el eco del campanillazo. Nada oye; el timbre, sin
duda, no funciona. Toca entonces con los nudillos, en seguida más fuerte. Ninguna
respuesta. Elvira ha debido salir. Retrocede hasta el centro de la calzada para
mirar el frente del edificio. Observa que las celosías están corridas, los vidrios sin
limpieza. Se diría una casa abandonada. ¡Qué raro era todo esto!
Una vecina se había asomado. Lo examinaba desde la puerta de su casa, la
escoba en la mano. Vicente soportó el escrutinio sin darse por enterado. “Bruja
curiosa”, gruñó. La vieja avanzó por la acera.
—¿Busca a alguien, señor? preguntó. Sí, señora respondió de mala gana Busco a la señorita Elvira Evangelio.
La mujer tornó a examinarlo, acuciosa. ¿No sabe usted que ha muerto hace tres meses, señor? La casa está vacía.
Vicente se encaró con la entremetida. Esbozó una sonrisa. Por suerte dijo, la persona a quien busco vive, y vive aquí. ¿No pregunta usted, acaso, por la señorita Evangelio? Así es, señora. Pues la señorita Evangelio ha muerto y fue enterrada cristianamente. La casa
ha sido cerrada por el juez, ya que la difunta no parecía tener parientes.
¿Estaría en sus cabales esa anciana? Vicente la midió con desconfianza. En
cualquier caso, era una chiflada inofensiva; seguiría probando. Soy el novio de Elvira, señora. Estuve ausente y he vuelto ayer, para
casarme con ella. La visité anoche, conversamos un buen rato. ¿Cómo puede
decir que ha muerto?
La mujer lo contemplaba ahora con espanto, dando pequeños grititos de
desconcierto. Llamó en su auxilio a un señor de aspecto fúnebre, con trazas de
funcionario jubilado, que había salido a regar sus plantas en la casa de enfrente, y
a quien Vicente recordaba haber visto en la misma faena alguna vez.
Los ojos del jubilado se clavaron hoscos, en Vicente, unos segundos: no lo
encontró digno de dirigirle siquiera la palabra. Dio a comprender, con su actitud,
que juzgaba con severidad a los jóvenes inclinados a la bebida y, volviéndole la
espalda, se retiró farfullando entre dientes.
Vicente decidió marcharse. O toda esa gente estaba loca o padecía una
confusión grotesca. ¡Par de zopencos! Después de todo, tenía un viso cómico el
asunto. Se reiría Elvira al saberlo.
* * *
Por la noche la casa estaba toda oscura. Llamó en vano. Sus golpes resonaban
profundamente en la calma nocturna. Sus propios golpes lo pusieron nervioso.
Comenzó a traspirar, advirtió que tenía la frente humedecida. Un tanto alarmado
ya, corriendo sin reparo por las calles silenciosas, hasta encontrar un vehículo,
acudió a interrogar a algunos amigos. Todos le confirmaron que Elvira había
muerto. No se aventuró a referirles su extraña experiencia; temía que lo tomaran
a risa. Peor aún: temía que le creyeran.
Hay una zona de la conciencia que se toca con el sueño, o con mundos
parecidos al sueño. Creía estar pisando esa zona, esa linde a la que los vapores
azules del alcohol nos aproximan. Y con la misma dificultad del ebrio o del
delirante, su espíritu luchaba por discernir la realidad.
Cuando el juez, accediendo a su demanda, abrió la casa de la muerta,
Vicente descubrió, sobre la mesita de la sala, el pequeño reloj con incrustaciones
de brillantes, en el estuche abierto.
MENSAJE
lo que yo pude observar en la lectura fue arrepentimiento respecto al tiempo y la llegada de la muerte. un hombre llamado Vicente decide abandonar a su novia Elvira pues se sentía prisionero se sentia loco por su amor, pero después de dos años de aventuras vuelve a ella
Comentarios
Publicar un comentario