UN DÍA D ESTOS LENGUA Y LITERATURA

NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A

RESUMEN 
                                   UN DIA DE ESTOS
 lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escobar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella. Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes  del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
llego el alcalde de la ciudad y le dijo al hijo del dentista que lo llamara a su padre ya que tenia un dolor de muela insoportable , así fue el hijo a donde su padre y le dio el mensaje su padre le dijo a su hijo que le dijese al alcalde que el no estaba mientras pulía un diente de oro el hijo obediente fue y lo confirmo al alcalde el niño volvió a donde su padre y le dijo que el alcalde sabia que el estaba allí ya que escuchaba su voz , el dentista le dijo que le dijese que NO, y el alcalde amenazo con pegarle un tiro el dentista le dio un revolver a su hijo  y le dijo que le pegue el tiro el alcalde paso a la casa con la mitad de la barba afeitada y la otra barba de 5 días crecida el dentista pudo ver la cara de desesperación en el alcalde y le dijo que se sentaseuna ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos. —Tiene que ser sin anestesia —dijo. —¿Por qué? —Porque tiene un absceso. El alcalde lo miró en los ojos. —Está bien —dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista. Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo: —Aquí nos paga veinte muertos, teniente. El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.Séquese las lágrimas —dijo. El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese —dijo— y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera. —Me pasa la cuenta —dijo. —¿A usted o al municipio? El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica: —Es la misma vaina.
MENSAJE
EL LA VIDA NO DEBEMOS SER TAN ARROGANTES SINO APRENDER A HACER UN POCO MAS COMPRENSIVOS Y HUMILDES CON LOS DEMAS ALGUNAS PERSONAS DEBEMOS APRENDER QUE EN LA VIDA VAN A VENIR COSAS MALAS Y BUENAS Y PARA ENFRENTARSE A ELLAS LO MEJOR QUE PODEMOS HACER ES SER HUMILDES COMPRENSIVOS Y CARGAR CON UN BUEN CARACTER.

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