RESUMEN Miss Lunatic y el comisario O’Connor

 NOMBRE JOSÉ ADRIÁN PAZMIÑO ENCALADA CURSO 8VO PARALELO A

RESUMEN
Miss Lunatic y el comisario O’Connor
Cuando oscurecía y empezaban a encenderse los letreros luminosos en lo alto de los edificios, se veía pasear por las calles y plazas de Manhattan a una mujer muy vieja, vestida de harapos y cubierta con un sombrero de grandes alas que le tapaba casi enteramente el rostro.
Sabía leer el porvenir en la palma de la mano, siempre llevaba en la faltriquera frasquitos con ungüentos que servían para aliviar dolores diversos, y merodeaba indefectiblemente por los lugares donde estaban a punto de producirse incendios, suicidios, derrumbamientos de paredes, accidentes de coche o peleas. Lo cual quiere decir que se recorría Manhattan a unas velocidades impropias de su edad. Era ella, seguro, era la famosa miss Lunatic. Solía ir cantando canciones antiguas, con aire de balada o de nana cuando iba ensimismada, himnos heroicos cuando necesitaba caminar aprisa.

Y todos tenían alguna historia que contar, algún paisaje de infancia que revivir, alguna persona querida a la que añorar, algún conflicto para el cual pedir consejo. Pero las zonas que frecuentaban de forma más asidua eran las habitadas por gente marginal, y su vocación preferida, la de tratar de inyectar fe a los desesperados, ayudarles a encontrar la raíz de su malestar y hacer las paces con sus enemigos. Si le preguntaban dónde vivía, contestaba que de día dentro de la estatua de la Libertad, en estado de letargo, y de noche, pues por allí, en el barrio donde estuviera cuando se lo estaban preguntando. Haciendo compañía a los solitarios como ella, a todos los que pululan por los garitos de mala vida y duermen en bancos públicos, casas en ruinas y pasos subterráneos.



Pero al parecer era invulnerable, según contaban luego con gran asombro los testigos presenciales del suceso, porque, a pesar de que el arma blanca había sido empuñada contra ella vigorosamente y con todo encono, nadie vio brotar una sola gota de sangre del cuerpo desmedrado de miss Lunatic. Un veterano comisario del distrito de Harlem, fascinado por la valentía de miss Lunatic, sus múltiples contactos con gente del hampa y su talento para testificar en los casos difíciles, la mandó llamar una tarde de invierno para proponerle un trato. Se le asignaría una suma bastante importante de dinero, si se prestaba a colaborar como confidente de la Policía. Y en cuanto al dinero, muchas gracias, pero no la tentaba.
Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, y el comisario se fijó en aquellos dedos deformados por el reúma y enrojecidos por el frío. Miss Lunatic se echó a reír. El comisario O’Connor la contempló con curiosidad desde el otro lado de la mesa. En los labios de miss Lunatic se dibujó una sonrisa de nostalgia.
El comisario observó que, mientras miss Lunatic decía aquellas palabras, acariciaba unas monedas muy raras que había sacado de una bolsita de terciopelo verde, y jugueteaba con ellas. Ahora el dinero son viles papeluchos arrugados. Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse... He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida.
Pero he quedado en ir dentro de un rato a su casa a leerle la mano. Y mister Woolf está ansioso de soluciones, me temo que necesita que le manden. Edgar Woolf se llama. Gana el dinero a espuertas.
El comisario la miró con los ojos redondos por la sorpresa. Para mí la única fortuna, ya le digo, es la de saber vivir, la de ser libre. Y el dinero no libera, querido comisario. Piense en todos los crímenes y guerras y mentiras que acarrea el dinero.
Libertad y dinero son conceptos opuestos. Como lo son también libertad y miedo. El comisario O’Connor la miraba entre pensativo y perplejo. El rostro del comisario se ensombreció.
El miedo cría miedo, además. El comisario se quedó dudando, y se palpó aquella zona, bajo el chaleco.
«A mí esto que me asusta no me va ni me viene», algo así como ver lejos lo que le está dando a uno miedo, para que se desdibuje. Pero cuando la vio levantarse, agarrar su cochecito y dirigirse a la puerta, tuvo una sensación muy triste, como de miedo a estarse despidiendo de ella para siempre. Miss Lunatic se detuvo en el centro de la habitación. Sus ojos negros, brillando en el rostro pálido y plagado de surcos, parecían carbones encendidos.
El comisario O’Connor se levantó para abrirle la puerta y le estrecho la mano efusivamente. Lunatic. Al salir, hacía un viento frío, que alborotó la larga melena blanca de miss Lunatic.
MENSAJE
Es escalofriante saber que algunas personas creen saber lo que una persona nesecita para vivir cuando ella lo unico que quería era vivir sanamente con un pan le bastaba

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